Santa Catalina de Siena.
Siglo XIV.
“Virgen y doctora de la Iglesia, patrona de Europa y de Italia, que habiendo entrado en las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo, deseosa de conocer a Dios en sí misma y a sí misma en Dios, se esforzó en asemejarse a Cristo crucificado y trabajó también enérgica e incansablemente por la paz, para que el Romano Pontífice regresara a la Urbe y por la unidad de la Iglesia, dejando espléndidos documentos llenos de doctrina espiritual”.
Fue el día de la Anunciación de la Virgen y Domingo de Ramos de 1347. La Iglesia y Siena, con cánticos y ramos de olivo, daban la bienvenida a la niña Catalina, que veía la luz de este mundo en una casa de la calle de los Tintoreros, en el barrio de Fontebranda.
Catalina fue hija de Jacobo Benincasa, tintorero, y de Lapa di Puccio di Piagente (o Piacenti), hija de un poeta loca.
A Catalina y a su hermana gemela Giovanna les habían precedido ya otros veintidós hermanos y les siguió otro, en el hogar cristiano y sencillo de Giacomo Benincasa y Lapa de Puccio del Piangenti.
Del padre, tintorero de pieles, parece haber heredado Catalina la bondad de corazón, la caridad, la dulzura inagotable, y de la madre, mujer laboriosa y enérgica, la firmeza y la decisión.
Entonces, y en Italia, a los doce años, una joven tenía que empezar a preocuparse de su porvenir, y, en consecuencia, de su arreglo personal y buen parecer para agradar a los hombres. Lapa había ya casado a dos de sus hijas y pensaba que buscar el matrimonio era, al fin, como para ella había sido, la misión de toda mujer.
Hasta los quince años de Catalina duró la obstinada presión familiar. Jamás desistió ella de su primer deseo de virginidad, pero tuvo, ciertamente, una crisis en su fervor. Su vida espiritual aflojó al dejar penetrar en su alma, con una vanidad muy femenina, el deseo de complacer a las criaturas (su madre y sus hermanas) más que a Dios. La hermana Buenaventura, con más éxito que los demás, la había inducido a preocuparse de los vestidos, a teñirse el cabello, a realzar su belleza natural con el maquillaje de aquellos tiempos, casi tan completo y complejo como el de los actuales. Pero esta hermana murió en un parto en el mes de agosto de 1362. Las lágrimas abundantes de Catalina no fueron solamente por la pérdida de su hermana predilecta. La vela mortecina junto a aquel cadáver hizo penetrar una luz nueva en su alma. Ella la llamaba siempre su conversión, su vuelta a Dios, su retorno a la entrega sin reservas ni resortes de ninguna clase.
La lucha familiar se exaspera en torno de Catalina, hasta convertirse en una especie de persecución tenaz que la reduce a la condición de una sirvienta y la encierra en un aislamiento que ella aprovecha para entrar en la "celda interior" del conocimiento de sí misma y del trato habitual con Dios, que ya no abandonará de por vida. Aumenta de modo casi inconcebible sus maceraciones, su ayuno, su constante vigilia, hasta agotar la exuberancia y las fuerzas corporales de que hasta entonces había gozado.
Excepcionalmente, dados sus diecisiete años, es admitida entre las hermanas de la Penitencia de Santo Domingo, especie de terciarias dominicas, llamadas mantellate por el manto negro que llevaban sobre el hábito blanco ceñido por una correa. Sin abandonar el ambiente familiar, vivían con unas reglas propias bajo la dirección de una superiora y de un director, religioso dominico, y desarrollaban una extraordinaria actividad espiritual y benéfica. Eran las almas consagradas a los enfermos y a los pobres.
A los dieciocho años tomó el hábito de la Orden Tercera de los dominicos. Se sometía al cilicio (hoy visible en la iglesia de Santa Catalina de la Noche, parte del complejo de Santa María de la Escala) y a prolongados períodos de ayuno, sólo alimentada por la Eucaristía. En esta primera fase de su vida, estas prácticas eran llevadas a cabo en solitario.
Sus hagiógrafos sostienen que en 1370 recibió una serie de visiones del infierno, el purgatorio y el cielo, después de las cuales escuchó una voz que le mandaba a salir de su retiro y entrar a la vida pública. Comenzó a escribir cartas a hombres y mujeres de todas las condiciones, manteniendo correspondencia con las principales autoridades de los actuales territorios de Italia, rogando por la paz entre las repúblicas de Italia y el regreso del papa a Roma desde Aviñón. Mantuvo de hecho correspondencia con el papa Gregorio XI, emplazándolo a reformar la clerecía y la administración de los Estados Pontificios.

Durante el tiempo que duró la peste de 1374, Catalina acudió al socorro de los desgraciados, sin mostrarse jamás cansada, y aún, si hubiera de creer a los historiadores de su época, podría decirse que operó algunos milagros. Poco después, el 1 de abril de 1375 en Pisa, Catalina recibió los denominados estigmas invisibles, de modo que sentía el dolor pero no eran visibles las llagas externamente.
En junio de 1376 Catalina fue enviada a Aviñón como embajadora de la República de Florencia, con el fin de lograr la paz de dicha república con los Estados Pontificios y el papa mismo. La impresión que causó Catalina en el papa significó el retorno de éste a Roma el 17 de enero de 1377.
Se retiró luego a la más profunda soledad; pero de allí hubo de sacarla el Cisma de Occidente. Apoyó al papa romano Urbano VI, quien la convocó a Roma, donde vivió hasta su muerte el 29 de abril de 1380, a la edad de treinta y tres años. Fue sepultada en la Iglesia de Santa María sopra Minerva en Roma; su cráneo fue llevado a la iglesia de Santo Domingo de Siena en 1384 y un pie se encuentra en Venecia.
Fue canonizada el 29 de abril de 1461. En 1939 fue declarada patrona de Italia junto con San Francisco de Asís, y el 4 de octubre de 1970 Pablo VI la proclamó doctora de la Iglesia, y el 1 de Octubre de 1999 S.S. Juan Pablo II la declaró Patrona de Europa.
Fuente:
San Hugo abad
Siglo XII.
Festividad de san Hugo, abad de Cluny.
Composición de Manuel Cuerpo Rocha
“En el monasterio de Cluny, en Borgoña (hoy Francia), san Hugo, abad, que gobernó santamente su cenobio durante sesenta y un años, mostrándose entregado a las limosnas y a la oración, mantenedor y promotor de la disciplina monástica, atento a las necesidades de la Iglesia y eximio propagador de la misma”.
El glorioso y venerable abad de Cluny, San Hugo, nació en Semur, de una ilustre y antigua familia de Borgoña. Su padre llamado Dalmacio era señor de Semur, y su madre Aremberga, descendiente de la antigua casa de Vergi.
Quería el padre que su hijo Hugo siguiese, como noble la carrera de las armas, pero sintiéndose él más inclinado al retiro y a la piedad que a la guerra, recabó licencia para ir a cultivar las letras humanas en Châlon-sur-Saône, donde la santidad de los monjes de Cluny, gobernados por el piadoso abad Odilón, le movió a dar libelo a todas las cosas de la tierra, y a tomar el hábito en aquel célebre monasterio.

Honrado como consejero por nueve papas, consultado y venerado por todos los soberanos de Europa occidental, director de más de doscientos monasterios, san Hugo alcanzó un prestigio inaudito durante los sesenta años en que fue abad de Cluny. Había nacido en 1204. Era el primogénito del conde de Semur. Desde niño fue tan clara su vocación a la vida religiosa, que san Odilón le recibió en la abadía de Cluny a los catorce años de edad. A los veinte recibió la ordenación sacerdotal y, antes de alcanzar la mayoría de edad, fue elevado al cargo de prior. Cinco años después, a la muerte de san Odilón, sus hermanos le eligieron abad, por unanimidad.
El culto divino, la relación de la Iglesia con el poder civil, la disciplina eclesiástica, dogmas de fe, devociones, la cultura, las ciencias… todo se verá afectado por Cluny y su influencia.
Cluny se convirtió bajo los 60 años de mandato de Hugo en una segunda Roma. Mil monasterios y 10000 monjes en toda Europa dependían del influjo de Cluny, siendo un magnífico ejército de la reforma.
En los años de mandato de Hugo se construyó la magnífica iglesia de Cluny, espejo de la reforma eclesiástica: luminosa, amplia, acogedora. Hasta las ruinas que quedan hoy en día, ya reconstruidas, impresionan por lo que debió ser tal templo, que fue consagrado por el papa Beato Urbano II (29 de julio), que había sido monje en Cluny. Hugo amplió el monasterio, obtuvo numerosas tierras y granjas, donde los campesinos no eran explotados y obtenían mayores ganancias que de si hubieran sido siervos de otros señores. En Marcigny Hugo fundó un hospital para leprosos donde él mismo les atendió, cuidándoles y mimándoles más de una vez.
Hugo murió a la edad de 85 años, en 1109. Fue canonizado por Calixto II, quien le llamó "El Grande", en 1121. En 1574 los herejes hugonotes saquearon la abadía de Cluny y profanaron las reliquias del santo, salvándose solo algunos fragmentos.
Fuente:
Viñeta de humor.
Varios.
Refraneando que es gerundio:
“Por Santa Catalina de Siena, una bella flor, una olla llena”.
“Por Santa Catalina de Siena entra el sol a la alameda”.
“Por Santa Catalina, el gallo a la gallina”.
“Niebla por Santa Catalina, año feliz vaticina”.
“Abril hace las puertas cerrar y abrir, y a los cochinos gruñir”.
“Abril sin granizo, Dios no lo hizo”.